Marrakech Suite
Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.
Colgada del imponente monte, apenas detenida
en tu vertical caída a las ondas azules,
pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,
intermedia en los aires, como si una mano dichosa
te hubiera retenido, un monumento de gloria, antes de
hundirte para siempre en las olas amantes.
Pero tu duras, nunca desciendes, y el mar suspira
O brama por ti, ciudad de mis días alegres,
Ciudad madre y blanquísima donde viví y recuerdo,
Angélica ciudad que, más alta que el mar, presides sus espumas.
Calles apenas, leves, musicales. Jardines
Donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas.
Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas,
Mecen el brillo de la brisa y suspenden
Por un instante labios celestiales que cruzan
Con destino a las islas remotísimjas, mágicas,
Que allá en azul índigo, libertadas, navegan…
Vicente Alexandre.
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